lunes 11 de mayo de 2009

Joce G. Daniels G.


189 años del Colegio Pinillos

El otrora glorioso Colegio Nacional Pinillos[1], la más prestigiosa Institución Educativa del siglo[2] pasado y de la primera mitad de la presente centuria, que educó en la medicina y en la jurisprudencia, la filosofía y la literatura, el griego y el latín a una gran parte de los más ilustres estadistas y patriotas, cumple 189 años de fundada, desde aquel remoto 29 de agosto de 1809, cuando el preclaro José María Gutiérrez de Caviedes, llamado el Fogoso, en su condición de prime rector, ante las encopetadas damas de la aristocrática sociedad mompoxina, encabezadas por doña Manuela Tomasa de Näxera de Pinillos y doña María Isabel Marquesa de Torre-Hoyos y altísimas personalidades de la sociedad mompoxina, pronunció el discurso de apertura del Colegio Universidad de San Pedro Apóstol, creada por Cédula Real del Rey Carlos IV, a instancias de don Pedro Martínez de Pinillos, quien había muerto meses antes.
La fama del Colegio Universidad fue tan desbordante y fragorosa que a lo largo de un siglo y medio no hubo otra institución en el mágico Caribe, más apetecida y solicitada por estudiantes y padres d familia que el Pinillos de Mompox.
La formación en valores, la instrucción, la educación y la intachable calidad de los profesores que irradiaban respeto y confianza, temor y sabiduría, personalidad y formación, fueron las armas esgrimidas por la noble institución a la que llegaban estudiantes de todos los rincones de la patria y de las Antillas para nutrirse y hartarse con la hirviente sabiduría que brotaba que brotaba por todos los rincones de la hoy vieja y deteriorada institución.
Como muchas Instituciones educativas de nuestro tiempo, el Pinillos no podía ser excepción a la llegada de la politiquería que todo lo carcome, los buenos y malos educadores, la falta de gestión de algunos rectores, el abandono gubernamental, el precario presupuesto y la rutina oxidante, que lo llevaron a un grado de postración y de olvido, que hoy su nombre, para quienes estuvimos en sus aulas, es como si fuese un lejano, muy lejano recuerdo en nuestra memoria.
Volver al Pinillos, sigue siendo todo un acontecimiento, a pesar de los problemas en se encuentra, pues sigue siendo la misma institución enigmática, con su imponente edificio lleno de historia, con sus pasillo solariegos y apacibles donde se escucha a veces el clá clá de los espíritus errantes de los piratas de champanes y almadías que llegaban de tiempo en tiempo para aprender el arte de la filigrana, con sus arcadas y paredes donde reposan los recuerdos de otras épocas, sus alcobas con el mismo aire que en tiempos pretéritos soplaron el rostro de José Celestino Mutis; las promiscuas familias de murciélagos que en tiempos del internado en tropel se nos metían en los toldos para hacernos cosquillas con sus alas, mientras afuera el ecónomo, como un cancerbero, custodiaba los quesos de capa y las almojábanas de Olfa. Aún sigue allí en pleno centro del patio, el brocal del pozo de la dicha, vigilado por las silbadoras serpientes y donde se encuentra una parte de los arcones repletos de oro y alhajas del tesoro del filibustero Barbamarilla, quien remontó el río en su huida a los jesuitas y por pura casualidad llegó a Mompox y se quedó para siempre y cuando contaba sus hazañas en estanquillos y tabernas lo llamaban “pobre loco”.
Quizá lo que más llama la atención es el piano de tres colas que regaló Elbers[3], los relojes suizos de cuatro péndulos, los amarillentos mosaicos con sus fotos, testigos mudos de un pasado maravilloso, y lo mejor, la biblioteca de tres mil volúmenes que donó su fundador y que según la tradición, había pertenecido al Cidi Campeador.
Hoy como hace 189 años la ilustre y blasonada ciudad valerosa se engalana y las campanas de oro de sus siete iglesias tañerán desde las doce del día hasta el cansancio recordando la magna efemérides, habrá discursos y desfiles, conferencias y deportes, habrá menciones y alusión a los sagrados principios de la ética y la responsabilidad, se llevará una ofrenda floral al cementerio donde confina la vida con la eternidad, se omitirán los nombres de aquellos rectores que no dejaron huellas y tampoco sembraron una semilla y que fueron olvidados, pero se recordará a otros con cariño y seguramente se mencionarán los nombres de Ribón Padilla, Segundo Germán Ribón, Antonio Brugés Carmona, Eduardo Espinosa Urueta, Orlando Ramírez Román, Chaulo Bustamante, Jaime Castellar Ferrer y también Lino Maturana Arriaga y tantos otros que dejaron una parte de sus recuerdos en las paredes y los alumnos, hombres y mujeres, cantarán a todo pulmón, en medio del sopor las notas del himno que a triunfar nos convida y que aún tantos años después nos sigue identificando como estudiantes del Colegio Pinillos.
San Sebastián de Calamarí.

[1] Nota publicada en la página 2ª de el periódico EL TIEMPO Caribe, el día viernes 29 de agosto de 1997
[2] El autor se refiere al siglo XIX y al siglo XX.
[3] Alusión a Juan Bautista Elbers, el primero que surcó las aguas del Río Grande de la Magdalena. Nota del Editor.