El tren del Bicentenario es una cruzada de todos
Joce G. Daniels G.
Hace cuarenta años me cupo el gran honor de correr estos pasillos, de
vociferar una y otra vez, en tiempos en que cursaba sexto año de bachillerato y de graduarme como bachiller clásico en noviembre de aquel famoso año de 1969, junto a una camada de díscolos estudiantes de cabellos largos, seguidores de las ideas libertarias y quiméricas de los inolvidables Ernesto Che Guevara y Camilo Torres Restrepo, amantes inamigables de la música de los Beatles, seguidores fervientes del credo de Gonzalo Arango, creyentes de los postulados de Daniel Cavendihs, cuya voz de protesta había puesto patas arriba los anacrónicos sistemas educativos de la Universidad de la Sorbona de París, cuya influencia llegaba a toda la nación como el más glorioso de los movimientos estudiantiles de la tierra.
Admiradores de la triunfante y heroica Revolución Cubana, que trataba de ser opacada por las corrientes imperialistas; jóvenes bailadores del mambo y la guaracha, pero también de las melodiosas notas del Tresillo y la Jazz Band, que en los frescos atardeceres de los sábados llenaban los tupidos bosques de Santa Bárbara y los frondosos parques de la ciudad de suaves y delicadas melodías que muchas veces disputaban un espacio al trinar de aves y pájaros errantes. Éramos bohemios, en fin bohemios de cantinas pobres de la paradisíaca albarrada y sobre todo discutidores permanentes de los problemas políticos en que se debatía la nación, el Caribe y la gloriosa Institución.
Quiero hacer una aclaración, ante ustedes, que en esta mañana con su presencia me fortalecen, que es la segunda vez que hablo en las sagradas aulas del noble Colegio Universidad de San Pedro Apóstol. La primera cuando recibí el grado de bachiller, en tiempos en que muchos de los que están aquí presentes, aún todavía no eran un mal pensamiento en la mente de sus padres. Y esta vez lo hago por invitación expresa del licenciado Manuel de los S. Cassiani Reyes, que desde hace mucho rato me sugirió que le acompañara en este embeleco del Bicentenario del Colegio Pinillos, y como ex pinillistas que soy, como miembro de una comunidad educativa que canta a cientos de voces aquella estrofa que muchos llevamos en el corazón cuando la entonamos con orgullo que dice: /que a sus acordes todos/ ofrezcamos la vida/sosteniendo el prestigio del Colegio Inmortal”. He acudido a su llamado. Poe eso heme aquí.
Quiero abusar de ustedes, pues no he venido desde Cartagena, simplemente a mirar a Mompox o a comer butifarras con queso de capa. No. He venido porque es importante que recuerde que desde aquellas lejanas y remotas épocas, hasta nuestros días han pasado muchas lluvias, son tantos los rectores, los docentes y las promociones de bachilleres, que en la balsa del inexorable dios Destino, al que todos en el Olimpo le temían, se fueron y dejaron para satisfacción del corazón un adiós de cumplido y una parte de su alma en las vetustas paredes, que para esta memoria que algún día arramblara el fuego purificador, a veces se hace difícil recordar.
No obstante, hoy cuando he regresado, he podido comprobar que los recuerdos imperecederos están aquí. Con sus olores, sus emociones y alegrías, tristezas e ilusiones, que esta noble institución en sus gruesas paredes de argamasa y mampostería, guarda con tanto celo, porque son ellos los verdaderos testigos de su glorioso pasado. Todo aparentemente está intacto como si el tiempo se hubiese detenido y las sílfides y fugaces Horas no hubiesen hecho el recorrido inexorable del Tiempo.
vociferar una y otra vez, en tiempos en que cursaba sexto año de bachillerato y de graduarme como bachiller clásico en noviembre de aquel famoso año de 1969, junto a una camada de díscolos estudiantes de cabellos largos, seguidores de las ideas libertarias y quiméricas de los inolvidables Ernesto Che Guevara y Camilo Torres Restrepo, amantes inamigables de la música de los Beatles, seguidores fervientes del credo de Gonzalo Arango, creyentes de los postulados de Daniel Cavendihs, cuya voz de protesta había puesto patas arriba los anacrónicos sistemas educativos de la Universidad de la Sorbona de París, cuya influencia llegaba a toda la nación como el más glorioso de los movimientos estudiantiles de la tierra.Admiradores de la triunfante y heroica Revolución Cubana, que trataba de ser opacada por las corrientes imperialistas; jóvenes bailadores del mambo y la guaracha, pero también de las melodiosas notas del Tresillo y la Jazz Band, que en los frescos atardeceres de los sábados llenaban los tupidos bosques de Santa Bárbara y los frondosos parques de la ciudad de suaves y delicadas melodías que muchas veces disputaban un espacio al trinar de aves y pájaros errantes. Éramos bohemios, en fin bohemios de cantinas pobres de la paradisíaca albarrada y sobre todo discutidores permanentes de los problemas políticos en que se debatía la nación, el Caribe y la gloriosa Institución.
Quiero hacer una aclaración, ante ustedes, que en esta mañana con su presencia me fortalecen, que es la segunda vez que hablo en las sagradas aulas del noble Colegio Universidad de San Pedro Apóstol. La primera cuando recibí el grado de bachiller, en tiempos en que muchos de los que están aquí presentes, aún todavía no eran un mal pensamiento en la mente de sus padres. Y esta vez lo hago por invitación expresa del licenciado Manuel de los S. Cassiani Reyes, que desde hace mucho rato me sugirió que le acompañara en este embeleco del Bicentenario del Colegio Pinillos, y como ex pinillistas que soy, como miembro de una comunidad educativa que canta a cientos de voces aquella estrofa que muchos llevamos en el corazón cuando la entonamos con orgullo que dice: /que a sus acordes todos/ ofrezcamos la vida/sosteniendo el prestigio del Colegio Inmortal”. He acudido a su llamado. Poe eso heme aquí.
Quiero abusar de ustedes, pues no he venido desde Cartagena, simplemente a mirar a Mompox o a comer butifarras con queso de capa. No. He venido porque es importante que recuerde que desde aquellas lejanas y remotas épocas, hasta nuestros días han pasado muchas lluvias, son tantos los rectores, los docentes y las promociones de bachilleres, que en la balsa del inexorable dios Destino, al que todos en el Olimpo le temían, se fueron y dejaron para satisfacción del corazón un adiós de cumplido y una parte de su alma en las vetustas paredes, que para esta memoria que algún día arramblara el fuego purificador, a veces se hace difícil recordar.
No obstante, hoy cuando he regresado, he podido comprobar que los recuerdos imperecederos están aquí. Con sus olores, sus emociones y alegrías, tristezas e ilusiones, que esta noble institución en sus gruesas paredes de argamasa y mampostería, guarda con tanto celo, porque son ellos los verdaderos testigos de su glorioso pasado. Todo aparentemente está intacto como si el tiempo se hubiese detenido y las sílfides y fugaces Horas no hubiesen hecho el recorrido inexorable del Tiempo.
Por aquellos días las Universidades eran tan remotas y lejanas que había que salir en las madrugadas, unas veces en chivos, otras veces en buses de palo, para llegar a tiempo y no nos cerraran las puertas a los estudios superiores. ¡Ah qué bellos tiempos aquellos! ¡Pero qué extraordinarios los de ahora!. Tener la Universidad en la puerta falsa de la casa, en el cuarto de dormir o en el comedor es una dicha.
Por aquellos días la educación magistral y los procesos del aprendizaje, de por sí representaban un gran dilema. Los profesores devanándose los sesos para explicar de la mejor manera una clase y preparándose para afrontar el rosario de preguntas que seguramente harían los estudiantes. La única arma de aquellos valientes y bravos maestros era una desmoronada tiza, un pálido tablero, un servil borrador y el acervo de sus conocimientos.
La de aquellos días fue una generación que no contó con los adelantos científicos y mucho menos con los farragosos adelantos de la tecnología. La única arma que teníamos eran los libros que a regañadientes, desempolvaba y nos facilitaba Joaco Vélez, los días en que Diana, la luna, no le perturbaba sus sentimientos y amores rebuscados. Estábamos a cientos de años luz de la luna, por eso cuando Neil Amstrong, pisó la superficie selenita, no solo seguíamos escépticos ante la ola de adelantos que se avecinaban y que ya habían pregonado los profetas de la Modernidad: Alvin Toffler y Mac Macluhan.
Qué diferencia entre aquella época y la actual. Hoy desaparecieron las distancias y el tiempo. Nada está lejos. Todo está a la mano.
Pero no he venido aquí a recordar el pesado glorioso del Pinillos. No he venido a hablar ni de don Pedro Herrera, con quien jugaba damas antes de entrar a clases, tampoco recordaré a Antonio Rosero Perea, aquel querido sacerdote chocoano, de inigualable oratoria, que pudo ser el primer obispo negro de Colombia, a Armandito Rodríguez Cunha, explicando sus clases de cálculo, a Bablbino Teherán, que explicando cada clase de química, simultáneamente limpiaba sus zapatos, a Donaldo Bermúdez, metido en los vericuetos de la filosofía, a Guillermo Arnedo, explicando cada parte de un hueso largo y haciendo un verso a la troclea, a Jaime Castellar Ferrer, el magnifico, el más querido de los rectores, a Jesús María Velasco, rieéndose con los números del álgebra, a Jesús Payares, sumergido entre la ética a Nicómaco y el arjé de Tales, a Jesús Zapata, dirigiendo el fútbol y organizando las escuadras para marchar al futuro, a Chanto Martínez, moviendo su diapazón y entonando las melodías de Shubert, Bach, Falla y Stravinski, a Jorge el Caqui Palacio, con su bucle medioeval, al matemático Pérez Villa, sometido a los desafueros de los números, a José Vicente Bohórquez Casallas, ilustre historiador y quizás el más caballero de los los caballeros, a Juan B. Arango, Ricardo Rico Hernández, Nicolás Yepes, Próspero Ayala Poveda, quienes llegaron a desempolvarse las motas de las aulas de la universidad, a Osvaldo Gutiérrez, mi amigo, nuestro loco, inspirado en las batallas de Pativilca y Boyacá, en fin no recordaré a tantos y tantos maestros que sembraron en este pródigo terreno la semilla de la ciencia, la investigación y el saber.
Por aquellos días la educación magistral y los procesos del aprendizaje, de por sí representaban un gran dilema. Los profesores devanándose los sesos para explicar de la mejor manera una clase y preparándose para afrontar el rosario de preguntas que seguramente harían los estudiantes. La única arma de aquellos valientes y bravos maestros era una desmoronada tiza, un pálido tablero, un servil borrador y el acervo de sus conocimientos.
La de aquellos días fue una generación que no contó con los adelantos científicos y mucho menos con los farragosos adelantos de la tecnología. La única arma que teníamos eran los libros que a regañadientes, desempolvaba y nos facilitaba Joaco Vélez, los días en que Diana, la luna, no le perturbaba sus sentimientos y amores rebuscados. Estábamos a cientos de años luz de la luna, por eso cuando Neil Amstrong, pisó la superficie selenita, no solo seguíamos escépticos ante la ola de adelantos que se avecinaban y que ya habían pregonado los profetas de la Modernidad: Alvin Toffler y Mac Macluhan.
Qué diferencia entre aquella época y la actual. Hoy desaparecieron las distancias y el tiempo. Nada está lejos. Todo está a la mano.
Pero no he venido aquí a recordar el pesado glorioso del Pinillos. No he venido a hablar ni de don Pedro Herrera, con quien jugaba damas antes de entrar a clases, tampoco recordaré a Antonio Rosero Perea, aquel querido sacerdote chocoano, de inigualable oratoria, que pudo ser el primer obispo negro de Colombia, a Armandito Rodríguez Cunha, explicando sus clases de cálculo, a Bablbino Teherán, que explicando cada clase de química, simultáneamente limpiaba sus zapatos, a Donaldo Bermúdez, metido en los vericuetos de la filosofía, a Guillermo Arnedo, explicando cada parte de un hueso largo y haciendo un verso a la troclea, a Jaime Castellar Ferrer, el magnifico, el más querido de los rectores, a Jesús María Velasco, rieéndose con los números del álgebra, a Jesús Payares, sumergido entre la ética a Nicómaco y el arjé de Tales, a Jesús Zapata, dirigiendo el fútbol y organizando las escuadras para marchar al futuro, a Chanto Martínez, moviendo su diapazón y entonando las melodías de Shubert, Bach, Falla y Stravinski, a Jorge el Caqui Palacio, con su bucle medioeval, al matemático Pérez Villa, sometido a los desafueros de los números, a José Vicente Bohórquez Casallas, ilustre historiador y quizás el más caballero de los los caballeros, a Juan B. Arango, Ricardo Rico Hernández, Nicolás Yepes, Próspero Ayala Poveda, quienes llegaron a desempolvarse las motas de las aulas de la universidad, a Osvaldo Gutiérrez, mi amigo, nuestro loco, inspirado en las batallas de Pativilca y Boyacá, en fin no recordaré a tantos y tantos maestros que sembraron en este pródigo terreno la semilla de la ciencia, la investigación y el saber.
He venido a participar de esta fecha en que comienza la celebración de la magna efemérides del Bicentenario de la Fundación del Colegio Nacional Pinillos. Es quizás la única oportunidad que tenemos nosotros como claras linfas de revindicar el prestigio perdido que en los últimos tiempos por esos avatares del destino amenaza con desplomarse como un castillo de naipes. Ya no basta hablar de épocas pretéritas, de rectores magníficos, de los tiempos de Ribón Padilla. Nada de eso. Ahora hay que hablar del presente y si es posible del futuro.
El colegio tiene que rescatar su prestigio, pero este se rescata con ciencia, educación conocimiento, competencia y calidad. No basta con la Historia, porque esta sigue ahí, con el paso del tiempo, pero mientras esos sucede, la calidad y las competencias se rezagan.
El Colegio nos necesita, por eso hemos venido al llamado del rector. Hay que salvarlo, sacarlo del montón. No basta una sola persona, ni diez, ni cien. Al pinillos lo salvamos quienes llevamos en las venas el fermento de sus enseñanzas, de su instrucción.
El colegio tiene que rescatar su prestigio, pero este se rescata con ciencia, educación conocimiento, competencia y calidad. No basta con la Historia, porque esta sigue ahí, con el paso del tiempo, pero mientras esos sucede, la calidad y las competencias se rezagan.
El Colegio nos necesita, por eso hemos venido al llamado del rector. Hay que salvarlo, sacarlo del montón. No basta una sola persona, ni diez, ni cien. Al pinillos lo salvamos quienes llevamos en las venas el fermento de sus enseñanzas, de su instrucción.
Construir un nuevo Pinillos, es la gesta épica que nos convoca, es la gran cruzada por la reivindicación, con todas las de la ley, en que participe la espada del gobierno, la lanza de los padres de familia, la daga de los estudiantes, la gumía de los docentes y el estandarte de la comunidad.
Señoras y señoras, les recuerdo que cuando yo egresaba de este colegio muchos de ustedes, los que son estudiantes y otros que ya egresaron, no eran un punto remoto en la historia, pero si estaban predestinados por el Hado para pertenecer a esa gran hermandad que conforman los ex pinillistas.
Pienso que aún en nuestros días representa y significa mucho. El Pinillos es la historia de Mompox, es el epicentro de la Cultura de la Región Caribe, es la Institución más prestigiosa de educación media que ha tenido el país. De allí que el hecho de ser pinillista, no solo es un orgullo de papel, sino que hay que ejercerlo y ejercerlo bien. Cuando alguien me pregunta qué donde estudié el bachillerato, generalmente respondo como esos pavos con el pecho henchido: en el Colegio Pinillos de Mompox. Y es así. No solo nos enorgullecemos, sino que cuando escuchamos una frase tendenciosa o que trate de menoscabar la institución, inmediatamente saltamos a defenderla. Eso es ser Pinillista. Es el sentido de identidad, de pertenencia y de autenticidad, con el Colegio, que se nos fue inculcando, a medida que cada mañana escuchábamos a don Jaime Castellar y con el corazón ardiente cantábamos el Himno del Colegio, pergeñado por el magnífico profesor Orlando Ramírez Román y llevado al pentagrama por don José Santos “Chanto” Martínez. En mi condición de Pinillista, evoco aquel verso que dice “claras linfas ejemplares seremos”.
Para mi el hecho de ser Pinillista, no solo me llena de orgullo, sino que me hace aflorar los sentimientos de otras épocas como si fuera ahora, con Mompox, con su gente, con sus calles, con su Historia, son su vida y naturalmente con sus tradiciones.
En fin señores, me he subido al tren del Bicentenario y espero llegar en uno de sus vagones al final del recorrido para celebrar esta magna efemérides. Espero que ustedes también lo hagan.
Muchas gracias.
Señoras y señoras, les recuerdo que cuando yo egresaba de este colegio muchos de ustedes, los que son estudiantes y otros que ya egresaron, no eran un punto remoto en la historia, pero si estaban predestinados por el Hado para pertenecer a esa gran hermandad que conforman los ex pinillistas.
Pienso que aún en nuestros días representa y significa mucho. El Pinillos es la historia de Mompox, es el epicentro de la Cultura de la Región Caribe, es la Institución más prestigiosa de educación media que ha tenido el país. De allí que el hecho de ser pinillista, no solo es un orgullo de papel, sino que hay que ejercerlo y ejercerlo bien. Cuando alguien me pregunta qué donde estudié el bachillerato, generalmente respondo como esos pavos con el pecho henchido: en el Colegio Pinillos de Mompox. Y es así. No solo nos enorgullecemos, sino que cuando escuchamos una frase tendenciosa o que trate de menoscabar la institución, inmediatamente saltamos a defenderla. Eso es ser Pinillista. Es el sentido de identidad, de pertenencia y de autenticidad, con el Colegio, que se nos fue inculcando, a medida que cada mañana escuchábamos a don Jaime Castellar y con el corazón ardiente cantábamos el Himno del Colegio, pergeñado por el magnífico profesor Orlando Ramírez Román y llevado al pentagrama por don José Santos “Chanto” Martínez. En mi condición de Pinillista, evoco aquel verso que dice “claras linfas ejemplares seremos”.
Para mi el hecho de ser Pinillista, no solo me llena de orgullo, sino que me hace aflorar los sentimientos de otras épocas como si fuera ahora, con Mompox, con su gente, con sus calles, con su Historia, son su vida y naturalmente con sus tradiciones.
En fin señores, me he subido al tren del Bicentenario y espero llegar en uno de sus vagones al final del recorrido para celebrar esta magna efemérides. Espero que ustedes también lo hagan.
Muchas gracias.
2 comentarios:
Excelente discurso...estaré participando del Bicentenario...también soy Pinillista...
Soy un antioqueño que por cosas del destino fue a parar a esas fértiles tierras...egresado de 1978
Espero encontrarme con muchos de mis compañeros egresados...
Nos vemos en Mompox, Dios mediante..
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