domingo 31 de mayo de 2009

Galería de Fotos de Mompox

Galería de Imágenes de Mompox

El futuro del Pinillos, los entusiastas entudiantes
marchan frente a la Parroquia de la Concepción
(Foto Cassiani)

Piedra que recoge la lista de rectores desde
1809 hasta nuestros días
(Fotod Joce Daniels)



Pasillo del Colegio Universidad de San Pedro Apóstol
Al fonso el Paraninfo
(Foto Joce Daniels)

Frontsipicio del Colegio Universidad-
Tiene un aldabón en el pecho como dice el poeta Migeul Facio. Hora 6 a.m.
(Foto Joce Daniels)




Bolívar tiene su compañero,
se llama Zurich,lo vigila y lo cuida. Hora 6 y 30 a.m
(Foto de Joce Daniels)

Calle del Colegio Universidad de

San Pedro Apostol cuando la ciudad apenas se levanta

(Foto Joce Daniels)


Calle delColegio. Al fonso el cementerio conde Confina la vida con la eternida

(Foto Joce Daniels)

Calle del Medio, a las 6 de la mañana

(Foto Joce Daniels)

Fresco que tiene 190 años, a la subida del segundo piso, en la escalera del Colegio Pinillos

Poema de Miguel Faciolince

El más importante político del Caribe Colombiano
en la última mitad del siglo X

Uno de los más queridos hombres públicos de Colombia y del Caribe colombiano fue médico y poeta Miguel Facio Lince. Jefe de una familia de políticos, fue elegido concejal de Cartagena y Senador de la República durante varios períodos, en que tuvo como objetivo servir a la comunidad y en especial a las letras y a la cultura del Caribe y del Departamento de Bolívar.
De su obra poética destacamos el siguiente poema


Cuando vayas a mi pueblo

Cuando vayas a mi pueblo pregunta por la casa que vi desde pequeño.
Es grande de tejas rojas y ventanas de hierro.
La puerta tiene cien clavos y un aldabón en el pecho;
en el frente hay un escudo que es imán de mi recuerdo: son dos leones que miran y una custodia en el centro.

El patio de lleno de rosas,
de nardos y limoneros,
un pozo con sus claveles,
y en el fondo mis recuerdos.

Casa grande
Casa vieja,
Casa mía
te calientan otros dueños.
Mas nunca serás ajena,
porque estoy hasta en las piedras dormidas de tus cimientos.
Cuando vayas a mi pueblo,
no dejes de ver el parque.
Allí un acacio viejo conserva mis iniciales
deformadas por el tiempo,
y en sus ramas retorcidas
volaba un cucarachero a cantarme cada día,
en mis ventanas tejidas con mayúsculas de cuento.
Cuando vayas a mi pueblo ve también al cementerio;
allí, dos metros de tierra,
los que quedan los que tengo,
que a nadie se los cambio,
que a ninguno se los vendo.

Discurso en la apertura del Bicentenario

El tren del Bicentenario es una cruzada de todos

Joce G. Daniels G.


Hace cuarenta años me cupo el gran honor de correr estos pasillos, de vociferar una y otra vez, en tiempos en que cursaba sexto año de bachillerato y de graduarme como bachiller clásico en noviembre de aquel famoso año de 1969, junto a una camada de díscolos estudiantes de cabellos largos, seguidores de las ideas libertarias y quiméricas de los inolvidables Ernesto Che Guevara y Camilo Torres Restrepo, amantes inamigables de la música de los Beatles, seguidores fervientes del credo de Gonzalo Arango, creyentes de los postulados de Daniel Cavendihs, cuya voz de protesta había puesto patas arriba los anacrónicos sistemas educativos de la Universidad de la Sorbona de París, cuya influencia llegaba a toda la nación como el más glorioso de los movimientos estudiantiles de la tierra.
Admiradores de la triunfante y heroica Revolución Cubana, que trataba de ser opacada por las corrientes imperialistas; jóvenes bailadores del mambo y la guaracha, pero también de las melodiosas notas del Tresillo y la Jazz Band, que en los frescos atardeceres de los sábados llenaban los tupidos bosques de Santa Bárbara y los frondosos parques de la ciudad de suaves y delicadas melodías que muchas veces disputaban un espacio al trinar de aves y pájaros errantes. Éramos bohemios, en fin bohemios de cantinas pobres de la paradisíaca albarrada y sobre todo discutidores permanentes de los problemas políticos en que se debatía la nación, el Caribe y la gloriosa Institución.
Quiero hacer una aclaración, ante ustedes, que en esta mañana con su presencia me fortalecen, que es la segunda vez que hablo en las sagradas aulas del noble Colegio Universidad de San Pedro Apóstol. La primera cuando recibí el grado de bachiller, en tiempos en que muchos de los que están aquí presentes, aún todavía no eran un mal pensamiento en la mente de sus padres. Y esta vez lo hago por invitación expresa del licenciado Manuel de los S. Cassiani Reyes, que desde hace mucho rato me sugirió que le acompañara en este embeleco del Bicentenario del Colegio Pinillos, y como ex pinillistas que soy, como miembro de una comunidad educativa que canta a cientos de voces aquella estrofa que muchos llevamos en el corazón cuando la entonamos con orgullo que dice: /que a sus acordes todos/ ofrezcamos la vida/sosteniendo el prestigio del Colegio Inmortal”. He acudido a su llamado. Poe eso heme aquí.
Quiero abusar de ustedes, pues no he venido desde Cartagena, simplemente a mirar a Mompox o a comer butifarras con queso de capa. No. He venido porque es importante que recuerde que desde aquellas lejanas y remotas épocas, hasta nuestros días han pasado muchas lluvias, son tantos los rectores, los docentes y las promociones de bachilleres, que en la balsa del inexorable dios Destino, al que todos en el Olimpo le temían, se fueron y dejaron para satisfacción del corazón un adiós de cumplido y una parte de su alma en las vetustas paredes, que para esta memoria que algún día arramblara el fuego purificador, a veces se hace difícil recordar.
No obstante, hoy cuando he regresado, he podido comprobar que los recuerdos imperecederos están aquí. Con sus olores, sus emociones y alegrías, tristezas e ilusiones, que esta noble institución en sus gruesas paredes de argamasa y mampostería, guarda con tanto celo, porque son ellos los verdaderos testigos de su glorioso pasado. Todo aparentemente está intacto como si el tiempo se hubiese detenido y las sílfides y fugaces Horas no hubiesen hecho el recorrido inexorable del Tiempo.
Por aquellos días las Universidades eran tan remotas y lejanas que había que salir en las madrugadas, unas veces en chivos, otras veces en buses de palo, para llegar a tiempo y no nos cerraran las puertas a los estudios superiores. ¡Ah qué bellos tiempos aquellos! ¡Pero qué extraordinarios los de ahora!. Tener la Universidad en la puerta falsa de la casa, en el cuarto de dormir o en el comedor es una dicha.
Por aquellos días la educación magistral y los procesos del aprendizaje, de por sí representaban un gran dilema. Los profesores devanándose los sesos para explicar de la mejor manera una clase y preparándose para afrontar el rosario de preguntas que seguramente harían los estudiantes. La única arma de aquellos valientes y bravos maestros era una desmoronada tiza, un pálido tablero, un servil borrador y el acervo de sus conocimientos.
La de aquellos días fue una generación que no contó con los adelantos científicos y mucho menos con los farragosos adelantos de la tecnología. La única arma que teníamos eran los libros que a regañadientes, desempolvaba y nos facilitaba Joaco Vélez, los días en que Diana, la luna, no le perturbaba sus sentimientos y amores rebuscados. Estábamos a cientos de años luz de la luna, por eso cuando Neil Amstrong, pisó la superficie selenita, no solo seguíamos escépticos ante la ola de adelantos que se avecinaban y que ya habían pregonado los profetas de la Modernidad: Alvin Toffler y Mac Macluhan.
Qué diferencia entre aquella época y la actual. Hoy desaparecieron las distancias y el tiempo. Nada está lejos. Todo está a la mano.
Pero no he venido aquí a recordar el pesado glorioso del Pinillos. No he venido a hablar ni de don Pedro Herrera, con quien jugaba damas antes de entrar a clases, tampoco recordaré a Antonio Rosero Perea, aquel querido sacerdote chocoano, de inigualable oratoria, que pudo ser el primer obispo negro de Colombia, a Armandito Rodríguez Cunha, explicando sus clases de cálculo, a Bablbino Teherán, que explicando cada clase de química, simultáneamente limpiaba sus zapatos, a Donaldo Bermúdez, metido en los vericuetos de la filosofía, a Guillermo Arnedo, explicando cada parte de un hueso largo y haciendo un verso a la troclea, a Jaime Castellar Ferrer, el magnifico, el más querido de los rectores, a Jesús María Velasco, rieéndose con los números del álgebra, a Jesús Payares, sumergido entre la ética a Nicómaco y el arjé de Tales, a Jesús Zapata, dirigiendo el fútbol y organizando las escuadras para marchar al futuro, a Chanto Martínez, moviendo su diapazón y entonando las melodías de Shubert, Bach, Falla y Stravinski, a Jorge el Caqui Palacio, con su bucle medioeval, al matemático Pérez Villa, sometido a los desafueros de los números, a José Vicente Bohórquez Casallas, ilustre historiador y quizás el más caballero de los los caballeros, a Juan B. Arango, Ricardo Rico Hernández, Nicolás Yepes, Próspero Ayala Poveda, quienes llegaron a desempolvarse las motas de las aulas de la universidad, a Osvaldo Gutiérrez, mi amigo, nuestro loco, inspirado en las batallas de Pativilca y Boyacá, en fin no recordaré a tantos y tantos maestros que sembraron en este pródigo terreno la semilla de la ciencia, la investigación y el saber.
He venido a participar de esta fecha en que comienza la celebración de la magna efemérides del Bicentenario de la Fundación del Colegio Nacional Pinillos. Es quizás la única oportunidad que tenemos nosotros como claras linfas de revindicar el prestigio perdido que en los últimos tiempos por esos avatares del destino amenaza con desplomarse como un castillo de naipes. Ya no basta hablar de épocas pretéritas, de rectores magníficos, de los tiempos de Ribón Padilla. Nada de eso. Ahora hay que hablar del presente y si es posible del futuro.
El colegio tiene que rescatar su prestigio, pero este se rescata con ciencia, educación conocimiento, competencia y calidad. No basta con la Historia, porque esta sigue ahí, con el paso del tiempo, pero mientras esos sucede, la calidad y las competencias se rezagan.
El Colegio nos necesita, por eso hemos venido al llamado del rector. Hay que salvarlo, sacarlo del montón. No basta una sola persona, ni diez, ni cien. Al pinillos lo salvamos quienes llevamos en las venas el fermento de sus enseñanzas, de su instrucción.
Construir un nuevo Pinillos, es la gesta épica que nos convoca, es la gran cruzada por la reivindicación, con todas las de la ley, en que participe la espada del gobierno, la lanza de los padres de familia, la daga de los estudiantes, la gumía de los docentes y el estandarte de la comunidad.
Señoras y señoras, les recuerdo que cuando yo egresaba de este colegio muchos de ustedes, los que son estudiantes y otros que ya egresaron, no eran un punto remoto en la historia, pero si estaban predestinados por el Hado para pertenecer a esa gran hermandad que conforman los ex pinillistas.
Pienso que aún en nuestros días representa y significa mucho. El Pinillos es la historia de Mompox, es el epicentro de la Cultura de la Región Caribe, es la Institución más prestigiosa de educación media que ha tenido el país. De allí que el hecho de ser pinillista, no solo es un orgullo de papel, sino que hay que ejercerlo y ejercerlo bien. Cuando alguien me pregunta qué donde estudié el bachillerato, generalmente respondo como esos pavos con el pecho henchido: en el Colegio Pinillos de Mompox. Y es así. No solo nos enorgullecemos, sino que cuando escuchamos una frase tendenciosa o que trate de menoscabar la institución, inmediatamente saltamos a defenderla. Eso es ser Pinillista. Es el sentido de identidad, de pertenencia y de autenticidad, con el Colegio, que se nos fue inculcando, a medida que cada mañana escuchábamos a don Jaime Castellar y con el corazón ardiente cantábamos el Himno del Colegio, pergeñado por el magnífico profesor Orlando Ramírez Román y llevado al pentagrama por don José Santos “Chanto” Martínez. En mi condición de Pinillista, evoco aquel verso que dice “claras linfas ejemplares seremos”.
Para mi el hecho de ser Pinillista, no solo me llena de orgullo, sino que me hace aflorar los sentimientos de otras épocas como si fuera ahora, con Mompox, con su gente, con sus calles, con su Historia, son su vida y naturalmente con sus tradiciones.
En fin señores, me he subido al tren del Bicentenario y espero llegar en uno de sus vagones al final del recorrido para celebrar esta magna efemérides. Espero que ustedes también lo hagan.
Muchas gracias.

Rector del Bicentenario

Manuel de los Santos Cassiani Reyes

Nació en el Palenque de San Basilio, asentamiento afrodescendiente, primer pueblo libre de América. Desde muy pequeño, con sus padres Julián Cassiani Salgado y Eleodora Reyes Reyes, se trasladó a la ciudad de Cartagena.
Allí en dicha ciudad, realiza sus estudios primarios en una de las escuelas de la Sociedad de Amor a Cartagena (SAC), del barrio Escallón Villa. La secundaria la culmina en el Liceo Bolívar y al terminar el bachillerato en 1975, viaja a la ciudad de Medellín.
Ingresa a la facultad de Humanidades de la Universidad de Antioquia en donde estudia Filosofía. En 1982 arriba al Colegio Nacional Pinillos como docente y desde el año de 1993, fue nombrado rector interino de la misma institución, cargo que ocuparía en propiedad en 1998, cuando participa en el Concurso para llenar la vacante, ocupando el primer puesto entre más de un centener de aspirantes.
Casado con la licenciada Felicia Isabel Gutiérrez Benthan, de cuya unión hay dos hijos, Fanny Margarita quien hace estudios de derechos y Andrés Gabriel, que estudia Ingeniería Civil. Dedicado al campo de la investigación, ha publicado trabajos en diversos medios con énfasis académicos, especialmente en la revista Brújula y también ha participado en foros y encuentros de filósofos como conferencista.
Tutor y catedrático de la universidad de Pamplona y la Javeriana, Programa a Distancia. Director académico de la Corporación de Educación Técnica de la Depresión Mompoxina.

viernes 29 de mayo de 2009

El Colegio Pinillos

Nuestro compromiso hoy
Por Óscar Árquez

Hoy nos reunimos para expresar nuestra gratitud al fundador de esta institución educativa, nuestra gratitud por tan magna obra; presentando ante ustedes el Proyecto PINILLOS 200 AÑOS.
Y lo hacemos, con la convicción de que el Bicentenario de la Fundación del Colegio Universidad de San pedro Apóstol; además de un punto de llegada, en ante todo y sobre todo un punto de partida, para proyectar, el querer de Pinillos, y el Pinillos que nosotros queremos; sabiamente contemplado en las Constituciones del Colegio, elaboraras por el ilustre hombre de ciencia, el Cura de Bucaramanga, Don Eloy Valenzuela, con una concepción profundamente humanista y transformadora.
Al decir de Guillermo Hernández de Alba, estudioso de la historia de la educación en Colombia; “el Plan de Estudios de Valenzuela, señala inesperada cumbre en el lento progreso de las ideas; es un reto a lo tradicional y rutinario. De un golpe coloca al Nuevo Reino de Granada, el ritmo progresista de las ciencias y de las artes, particularmente de la filosofía”.
Con esa hoja de ruta que nos propuso Pinillos, hace 200 años; hoy se hace necesario; que nos formulemos nuestras propias preguntas y hallemos nuestras propias respuestas. Cuáles son las grandes contradicciones de la educación en los tiempos actuales? Un estudio y análisis profundo del proyecto educativo de Pinillos, alojarían muchas luces en la búsqueda de esas respuestas y se constituiría en el mejor homenaje a nuestro fundador. Porque el objetivo fundamental, en este, nuestro cumpleaños numero 200, es determinar de que manera encontramos vigente el proyecto de Martínez de Pinillos y nos comprometemos a hacerlo realidad.
Y este compromiso debe ir de la mano con tener muy bien claro que una de las prioritarias preocupaciones del hombre en el momento actual la constituye lo que se puede definir como su preparación y adaptación para responder ante las exigentes circunstancias de nuestro tiempo, en las que el conocimiento y los valores humanos, se nos presentan como un problema de supervivencia y de existencia como especie.
Es entonces el conocimiento y la formación ética de los seres humanos; ante todo, una condición para la supervivencia de la humanidad
Es por ello, que invito a todos los miembros de la comunidad educativa y sobre todo a mis colegas profesores, a reflexionar con el maestro Jiddi Krishnamurti; “si alguna vez nos hemos preguntado qué significa la educación? Por qué vamos a la escuela, por qué aprendemos múltiples materias, por qué aprobamos exámenes y competimos unos con otros por lograr mejores calificaciones? Qué sentido tiene toda esta educación y qué es lo que implica? Es para aprobar unos exámenes o alcanzar un empleo? O la educación tiene como función prepararnos para comprender el proceso total de la vida? Y la vida no es tan solo un empleo, una ocupación; la vida es algo extraordinario y profundo, es un gran misterio, un reino inmenso en el que funcionamos como seres humanos. Si nos preparamos tan solo para ganarnos la subsistencia perderemos todo el sentido de la vida; y comprender la vida es mucho más importante que prepararnos para unos exámenes.”
Si no le encontramos respuestas a estos requerimientos del maestro Krisnamurti, estaremos muy lejos de “cumplirla voluntad” de Martinez de Pinillos.
En otro texto, ya clásico, Fernando Savater, nos invita a reflexionar sobre El Valor de Educar. En el prólogo del libro, plantea de manera contundente:
“Entre los barremos (libro de cuentas ajustadas); que pueden señalarse para calibrar el desarrollo humanista de una sociedad, el primero es a mi juicio ell trato y la consideración que brinda a sus maestros, (el segundo puede ser su sistema penitenciario, que tanto tiene que ver con el reverso oscuro, con el funcionamiento del anterior”
Un somero vistazo a la realidad colombiana en ambos aspectos, reafirma la crudeza de tal afirmación.
Y seguidamente anota:
“Actualmente existe en este país –y creo que el fenómeno no es una exclusiva hispánica-, el hábito de señalar la escuela como correctora necesaria de todos los vicios e insuficiencias culturales con la condescendiente minusvaloración del papel social de maestras y maestros. Que se habla de la violencia, de la drogadicción, de la decadencia de la lectura, del retorno de actitudes racistas, etc..? Inmediatamente salta el diagnóstico que sitúa, -desde luego no sin fundamento- en la escuela el campo de batalla oportuno para prevenir males que más tarde es dificilísimo erradicar. Cualquiera diría, por lo tanto, que los encargados de esa primera enseñanza de tan radical importancia son los profesionales a cuya preparación se dedica más celo institucional, los mejor remunerados y aquellos que merecen la máxima audiencia en los medios de comunicación. Como bien lo sabemos no es así. La opinión popular (paradójicamente sostenida por las mismas personas convencidas de que sin una buena escuela no puede haber más que una malísima sociedad) da por supuesto que a maestro no se dedica sino quien es incapaz de mayores designios, gente inepta para realizar una carrera universitaria completa y cuya posición socioeconómica -¡así son las cosas...qué le vamos a hacer!- es necesariamente ínfima”.
Si tenemos en cuenta estos puntos de vista, para reflexionar sobre nuestro quehacer profesional pedagógico, surgen una serie de inquietudes que no pocas veces generan confusión, desconcierto, pesimismo, y lo más grave: desesperanza.
Y sí examinamos los artículos 13, 14, 16, 20, 21, 22, 30 y 32, que establecen los objetivos básicos de la educación preescolar, primaria, secundaria y media, (académica y técnica); el desconcierto es mucho mayor, porque entre todos nosotros los docentes, para no hablar del exigente “aparato productivo”, el descontento con los “resultados” de los procesos educativos no satisfacen nuestras expectativas.
¿Qué maestro, dentro de nosotros, está contento con los resultados de su trabajo? No hay que hacer un gran esfuerzo para ver lo que nos ocurre. Pero no hemos ordenado nuestro descontento y no sabemos qué hacer para cambiar la situación.
No sabemos “si es la conciencia social la que determina al ser social o es el ser social el que determina la conciencia social” y sobre todo no sabemos, cualquiera sea el caso, cómo ocurre eso.
Resolver este interrogante es importante, desde el punto de vista de la relación entre la escuela y la vida. Hace treinta años en los sectores que pretendían hacer historia por la vía de luchas por las reivindicaciones populares se levantaba la consigna de que “solo si cambia el sistema cambia la educación” haciendo referencia al concepto de sistema, a una revolución en las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales. Hoy creemos lo contrario: es cambiando en los paradigmas educativos como podremos introducir serias transformaciones en las estructuras de la sociedad colombiana
¿Y entonces, qué es lo que hay que hacer desde la educación?
Que este Bicentenario de la fundación de nuestro querido Colegio, sea la mejor oportunidad, para enfrentar este reto. Solo de esa manera, estaremos realizando el mejor homenaje al fundador de nuestra Institución, garantizando hacia el futuro 200 años más y haciendo realidad las palabras del primer rector José María Gutiérrez de Caviedes, cuando en el acto inaugural del Colegio; dijera que “venimos en este día a echar las bases para recoger el fruto de un establecimiento, el más útil para el hombre y que en todos los tiempos merecerá la gratitud de la posteridad”
Entre todos en un ejercicio de creación colectiva: Sembremos las bases, para que las futuras generaciones de momposinos, reconozcan nuestro paso por esta institución, como hacedores de hombres nuevos, libres y autónomos, con capacidad de comprender el universo y la vida, sobre todo la vida humana.
Solo así de esa manera pasaremos de contempladores de la realidad a transformadores de la misma.
Mompox, mayo 22 del 2009

viernes 15 de mayo de 2009

Obeso:

Poeta de los bogas ausentes

Por Joce G. Daniels G.


Fue a principios de 1984 cuando la profesora de Castellano, que había estudiado Lenguas Modernas y Literatura Universal en una prestigiosa universidad de Bogotá, le dijo a sus estudiantes de cuarto año de bachillerato de la Escuela Normal Superior de Señoritas de Cartagena, que consultaran la biografía del poeta Candelario Obeso, e hicieran una cartelera con su imagen y sus poemas, pues para esos días había escuchado por la radio y había leído en varios periódicos, que el mencionado vate desde hacía más de cien años andaba de bohemio por las islas del caribe y también hacía recorridos periódicos hasta Santa Fe de Bogotá, unas veces en champanes remados por bogas y otras veces en buques de ruedas que surcaban las turbias aguas del Río Grande de la Magdalena y como eximio poeta que se respete iba dejando en cada verso un hotel y en cada amor un puerto.
Esa mañana del lunes 23 de abril, cuando todas las niñas estaban sentadas con las piernas cruzadas y la falda siete dedos por debajo de las rodillas para que no entrara ni saliera el viento y en el silencio propio de esos menesteres, la profesora comenzó a llamar a cada una para que le mostraran las carteleras y leyeran el trabajo de la investigación que les había asignado.
Cada una presentó su cartelera y luego leyó la biografía que eran aplaudidas con alegría y entusiasmo por las cuarenta niñas que estoicamente soportaban los rigores del sopor del mediodía.
La mayoría de esos trabajos que se habían copiado de la investigación de Iluminada de los Espíritus, una joven trigueña y tímida que aún tenía prendado en sus trenzas campesinas el olor de la balsamina y la taruya. En la cartelera aparecía la imagen de un hombre blanco, de barba y bigotes, pelo liso y rubio y debajo un poema en inglés. Vestía como los militares gringos. En la parte de abajo, en letras grandes, bien grandes decía que era norteamericano, de padres inmigrantes de Nueva Escocia. Todos esos trabajos fueron calificados con una nota de cinco
Cuando Xiomara Madeleing una joven morena y alegre, de pelo lacio y frondoso, negro y brillante, le mostró la cartelera y leyó la biografía en que decía “el poeta Candelario Obeso, autor de varios libros, entre ellos “La Familia Pigmalión”, “Lecturas para ti”, Secundino el zapatero” y “Cantos Populares de mi tierra”, que su vidas estaba llena de anécdotas, privaciones, calamidades, vicisitudes y miseria, que era un mulato hijo de blanco con negra víctima de la discriminación racial”, y siguió contando los pormenores de su vida andariega y bohemia, con una precisión inusitada, que a la encopetada maestra, todo le pareció mentira, se llenó de rabia, cambió varias veces de color, se levantó de su silla y le grito: “Lo que usted está leyendo es pura mentira”. No solo exhibió a la pobre estudiante y le rompió el trabajo en la cara, sino que le puso el gorro de sanbenito y la sentó media hora en el patio a pleno sol, para que “aprenda a no mentir” y a Iluminada, la bella Iluminada de los Espíritus, que vestía siempre con las faldas ocho dedos bajo las rodillas, y a sus otras compañeras, que habían traído una biografía apócrifa, no solo las puso ante la comunidad estuidantil como ejemplo por su esfuerzo, sino que a muchas de ellas le dio de regalo unos sostenes, varios corsés, pantaletas y pollerines usados de seda de olán, que la maestra no usaba.
Durante casi tres horas estuvieron a la intemperie las carteleras que la niña Xiomara Madeleing, había realizado con el cuidado que una futura maestra le dedica a sus trabajos.
Contaba que Candelario Obeso, considerado el primer poeta negro de América, había nacido en Mompox, una ciudad del Sur del Departamento de Bolívar el 12 de enero de 1849 y había muerto en Santa Fe de Bogotá el 3 de julio de 1884.
Su padre era Eugenio María Obeso, un hombre blanco, abogado y maestro del Colegio Universidad de San Pedro Apóstol; su madre se llamaba María de la Cruz Hernández, una negra manumitida que ejercía el oficio de lavandera, y vivía al otro lado de la muralla en una “vivienda sin pozo” en la Albarrada del Moral.
Quiero aclarar que sobre la infancia y la vida de Obeso se ha tratado de tejer una leyenda, un mito, o una aureola de santo. La mayoría de sus anécdotas son reales. Si hasta hace poco en Mompox, la ciudad Valerosa, vivían espléndidamente Virreyes, condes, marqueses y aristócratas y desdeñaban a la gente de color, mucho más sucedía en tiempos de Obeso, cuando aún José Hilario López, ni el Presidente Juan José Nieto habían firmado la Ley y el Decreto de Libertad de los Esclavos.
El padre de Obeso, que tuvo a Inés y Juana, Fernanda y Martina, cada par de hijas con distintas madres, era un hombre de reconocidos méritos, que no solo era abogado y profesor, sino que también tenía dotes de orador como se desprende de las reseñas de quienes intervinieron en 1840 cuando la Provincia de Mompox, se declara independiente de la Nueva Granada, proclama que acatarán otras Provincias, generándose una de las muchas guerras civiles del siglo XIX, pero cuyos frutos se verían en 1857 con el nacimiento de la Confederación Granadina. Posteriormente el doctor Obeso, pronuncia uno de los más emotivos panegíricos en el sepelio del General Hermógenes Maza, ocurrido el 15 de julio de 1847.
Sin embargo, Obeso, su hijo tuvo una infancia aciaga, triste y llena de privaciones, pues a pesar de que había sido reconocido como uno de los cinco hijos ante el sacerdote Bernabé Obeso, hermano de su padre, en la pila bautismal, en Mompox, su futuro era incierto, como el de los bogas que llevaban en su almadías, canoas y champanes, talegas de ilusiones a los habitantes del río. Él mismo lo expresa en Sotto Voce…
Lo recuerdo muy bien. Mi noble padre
Y mi amorosa madre
Solo su santa bendición me dieron
Obeso, según lo asevera Vicente Caraballo y también Orlando Ramírez Román, ingresa al Colegio Universidad de San Pedro Apóstol que fue creado por una Real Cédula del rey Carlos IV en 1804 e inició sus labores el 29 de agosto de 1809, y en sus Constituciones prohibía toda clase de discriminación, étnica, económica o religiosa. Allí aprende a leer, escribir, contar y recitar la doctrina cristiana, que eran las enseñanzas de la primaria. Posteriormente y debido a la libertad de cátedra que tenían los estudiantes para escoger sus materias anuales, Obeso estudiará castellano, aritmética, geografía, latín, metafísica, física, geometría, trigonometría, francés, religión y moral. Para esos días estaban en plena vigencia las reformas realizadas por el general Tomás Cipriano de Mosquera, que en 1948, había suprimido las Universidades, excepto la del Rosario, y había establecido la Libertad de enseñanza y habilitación del cursos.
Cuando apenas tenía diecisiete años, en 1866, se fue a Bogotá, ciudad a la que iría y regresaría varias veces, según el mismo lo cuenta en una de sus poesías:
El turbio Magdalena y majestuoso
al impulso impetuoso
del rápido vapor subí afligido
viva la imagen del hogar ausente,
Ay! Cuán indiferente
Lo he bajado y después lo he subido.
A finales de ese año, obtiene una beca para estudiar en el Colegio Militar que años antes había fundado el general Tomás Cipriano de Mosquera y que debido a la conspiración del 23 de mayo de 1867, sería clausurado. Ingresa al programa de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional. Dos años después regresa a Mompox.
Muchos de los amigos que estuvieron cerca de Obeso, como Julio Añex, Juan de Dios Uribe y Antonio José Restrepo, lo describen como una persona de ingenua vanidad, que se creía amada de todos quienes le rodeaban. Cada período de su vida estaba signado por un romance singular, aborrecía los secretos y de sus aventuras no dejaba una parte inédita[1], tenía por indignos los pensamientos solitarios y generalmente creía que los otros estaban pendientes de su vida. A veces preguntaba ¿Qué dice el público de mi?
Obeso, era un nómada, era una persona incansable, era un caminante. Hoy estaba en Bogotá, luego en la Mojana, mañana en Santa Marta, en la tarde en Magangué y se iba a dormir a Mompox, y después al Carmen de Bolívar, de allí a Tenerife y nuevamente en Bogotá, nada lo detenía. A veces unos amores furtivos en que el creía que la dama le correspondía como sucedió en Santa Marta a principios de 1870, en que estuvo detenido 30 días por que una señorita de Apellido Abello, no le correspondió. Fruto de aquel idilio solitario, escribió la obra la Familia Pigmalión. Obeso atribuía su mala suerte a que era pobre, poeta y negro. Según Juan de Dios Uribe, a veces se miraba la piel y exclamaba: “He aquí mi desgracia”.
Obeso era un pensador liberal, pero también era un apasionado por sus principios. Se hizo amigo de Manuel Murillo Toro, que a la postre sería su gran benefactor, cuando, el expresidente fue atacado y vilipendiado por Lino Ruiz, en un panfleto que se titulaba La Camarilla, y el poeta asumió la defensa del preclaro liberal publicando el periódico que tituló “Lecturas para ti” y en donde también publicaba una serie de versos blancos, porque quería interesar a una dama que según sus propios amigos no la conocía y tampoco habían cruzado jamás una sola palabra.
Fue esa pasión enfermiza, que perturbaba la alicaida salud del poeta, lo que llevó a Antonio José Restrepo, uno de sus amigos más íntimos a enviarle una exhortación en verso, para que se olvidara de la mencionada dama:
No mas cantos, no mas, si la hermosura Por otro, no por ti, de amor suspira;
Si no hay para tu negra desventura Una sola mirada de ternura
Que haga vibrar las cuerdas de tu lira;
Si tu alma de poeta su ambrosia
Esparce en las arenas del desierto,
Si tu eterna y tenaz melancolía
No ha de trocarse nunca en alegría;
Si náufrago tu amor no hallará puerto;
Si las flores que arrancas a tu mente
Para guirnalda de su sien de diosa
Son holladas con planta indiferente
El rocío de su alma candorosa;
Echa sobre su cuerpo una mortaja,
Toma las vestiduras de un querube
Que del revuelo mundo en la baraja
Ella es la carne que al sepulcro baja,
Tú eres el genio que a los cielos sube.

Quizás los versos de su amigo le hicieron sentar cabeza y el poeta dejó de publicar Lecturas para ti. Volvió al seno de Zenaida, una joven campesina honesta con la que viviría un apasionado pero también una triste vida, pues al lado de ella Obeso soportó los rigores de la miseria y de la pobreza: todos sus retoños a medida que nacían, por esas sentencias inexorables del dios Destino también morían. No obstante, tiempo después, quizás varios meses o años, sus amigos se sorprenden cuando Obeso vuelve a sus andanzas y nuevamente enamorado le contesta a su amigo, con una pieza, retadora y desafiante:
Dices que no me quiere, que la olvide.
Y bien,¿ Sabes lo que me pides?
¿Sabes tú lo que es amor?
Le digo a Dios que no;
Y si en castigo mi blasfemia impía
Me la quita veloz,
Entonces me suicido, voy al cielo
Y se la quito a Dios!,
En 1881, el gobierno del presidente Rafael Wenceslao Núñez Moledo, lo nombró dos veces Cónsul de Colombia en Tours. Se fue a Europa en un buque de vapor como pasajero de tercera clase y cuando arribó a Havre no tenía un solo real. Entre algunos amigos colombianos que viajaban con él logró hacer una vaca. Uno le consiguió el pasaje en ferrocarril a París, otro le dio un sombrero, pues el de él lo había perdido en la travesía y otro lo presentó como un rico comerciantes de diamantes del Brasil que iba en busca de aventuras, por lo que le llovieron invitaciones de damiselas, cortesanas y jóvenes casamenteras que ya se veían viajando hacía el ignoto reino del Amazonas.
De aquella experiencia en Europa en que siempre estuvo sin un solo céntimo, pues el Gobierno vivía una de sus crisis por los problemas políticos y las guerras civiles que lo azotaban, escribió el poema de 152 páginas La Lucha de la Vida. En él, el poeta se esconde bajo el personaje de nombre Gabriel, el que se queja amargamente de su suerte y aspira a morir con cierta voluptuosidad.
Obeso como algunos buenos poetas que mueren antes de los cuarenta, murió a los treinta y cinco años. En esa vida llena de sinsabores, de privaciones y de angustias, legó a las progenies venideras otras obras como la comedia Secundino el Zapatero, en la que evoca recuerdos de su tierra natal y dedicada especialmente al Dr. Rafael Núñez. Pero su obra cumbre fue Cantos Populares de mi tierra, publicada en Bogotá el 15 de mayo de 1877, compuesto de 16 poemas, escritos en el lenguaje rudo y deficiente del boga del Magdalena, e impregnados de esa dulce melancolía que respiran todos los cantos de nuestro malogrado amigo. Las más notables de esas producciones son “La canción del boga ausente”, “Los Palomos”, “Adiós mi morena”, “Canto del montará” y la “Oberiencia filiá”.
Obeso dejó un rico legado a la posteridad, pero también una estela de dolor una mácula de la pobreza y miseria, que ensañaron contra él. Su vida que se opacó definitivamente el 3 de julio de 1884, después de soportar una lenta y dolorosa agonía, a causa de la herida que le produjo un tiro que accidentalmente se salió del arma que él con mucho cuidado ante otros amigos limpiaba.
El poeta de los bogas ausentes, el mismo que inmortalizó el habla popular de los hombres anfibios, cuando cantó en su Canción del Boga ausente
Qué trite que etá la noche,La noche qué trite etá;No hay en er cielo una etrellaRemá, remá.La negra re mi arma mía,Mientra yo brego en la má,Bañao en suró por ella,¿Qué hará? ¿Qué hará?Tar vé por su zambo amaoDoriente sujpirará,O tar vé ni me recuerda...¡Llorá! ¡Llorá!La jembras son como toroLo r'eta tierra ejgraciá;Con acte se saca er pejeDer má, der má.Con acte se abranda er jierro,Se roma la mapaná...Cojtante y ficme? laj pena!No hay má, no hay má!...Qué ejcura que etá la noche,La noche quéejcura etá;Asina ejcura é la ausenciaBogá, bogá!
En fin podría seguir contando muchas cosas más de nuestro amigo, de lo que dijo Xiomara Madeleing, ya que en las horas de la tarde de aquel día en que el jurado que debía escoger el mejor trabajo que se hubiera hecho acerca de un escritor, colombiano o extranjero, quedó sorprendido cuando leyó las dos versiones de la biografía de Candelario Obesos y mucho más cuando encontró exaltado el trabajo de Iluminada de los Espíritus y el de sus compañeras, mientras que el de Xiomara Madeleing, no solo había sido desdeñado, sino que también se había exhibido en la cartelera del colegio para que vieran lo “burra que era”.
La profesora que tenía una lista de pergaminos y toda una aureola de buena fama, con una tesis laureada, cuando todo se aclaró, solo se atrevió a decir que ella pensaba que ese escritor de quien la gente tanto hablaba, a quien los periodistas y locutores le leían sus poemas cada día, era extranjero, pero especialmente norteamericano. Jamás supuse-, dijo cuando la despidieron de la institución-, que de esa, ciudad, habitada por orfebres y contrabandistas, virreyes arruinados y marqueses de embuste embuste, pudiese salir un escritor tan bueno, pues muchos de sus poemas los declamo porque me los se de memoria.
En todo caso, las anécdotas que antiguamente fueron el fundamento de la Historia, que era el vaso sagrado en donde bebían las historiografías, que era el cáliz de la información, aún en nuestros días siguen teniendo vigencia. Pues hace pocos días me encontré con la protagonista de aquella anécdota y me dijo que ella al no encontrar en ningún libro de castellano ni de literatura colombiana la biografía de Candelario Obeso, el poeta más importante y más famoso de Colombia en el siglo XIX, no solo se sorprendió, sino que inventó de rabia la biografía. Con unas amigas fui cogiendo un poquito de algunos escritores foráneos y famosos hasta que hicimos la biografía. No era una trampa, sino un llamado para que aparecieran nuestros escritores en los libros de Literatura. “Y a pesar de todo, me dijo, aún en los libros, los escritores de esta parte del país no aparecen”.
jogdaniels@hotmail.com
[1] Semblanza de Obeso. Juan de Dios Uribe, Antonio José Restrepo.

lunes 11 de mayo de 2009

Joce G. Daniels G.



Don Pedro Herrera:
Eterno Campanero del Colegio “Pinillos”



El día en que don Pedro Herrera[1] fue sepultado, y de eso hace ya muchos años, las campanas de las siete iglesias de Mompox no dejaron de tañer, pero según comentaba la gente la que más repiqueteó lánguida y triste fue la añeja y antiquísima campana de oro con adornos de plata que envió el rey Fernando VII para la recién creada Colegio Universidad de San Pedro Apóstol en 1809.
Fue un día lóbrego y gris pues las nubes de la ciudad también querían despedir a quien había sido el eterno campanero del Colegio Nacional Pinillos. Don Pedro Herrera era un empedernido jugador de dama francesa, amable, de trato cordial y buen conversador. Desde el día en que me llevó mi papá de la mano a cursar el primer año de bachillerato, lo conocí y nos hicimos grandes amigos pues yo también hacía mis primeros pininos en el juego de la dama. Antes de entrar y escuchar las orientaciones de don Jaime Castellar Ferrer, jugábamos una media docena de partidas en su sala de estar, que también era dormitorio, cocina, baño, portería y salón de recibo. Eran los tiempos en que a los maestros del departamento les cancelaban con bonos chimbos y bultos de ron.
Nadie supo cuantos años estuvo de campanero. Unos decían que venía desde los años en que a Mompox llegaban los hidroaviones y desde alturas de cien o más metros dejaban caer los paquetes llenos de cartas y correos, ya que a esos aparatos les era imposible acuatizar por la cantidad de caimanes mansos y babillas fértiles que jugueteaban con las iguanas a lo largo de la orilla de la isla Kimbay.
La campana, cuyos orígenes se remontan a los primeros siglos de la cristiandad y que tuvo su auge en el medioevo con la construcción de las grandes basílicas europeas, era para don Pedro el instrumento más sagrado de la institución. La tañía en las mañanas, cuando aún los mompoxinos se reponían de los avatares del último polvo de los gallos y los estudiantes llegábamos en tropel a las aulas, aún con el olor fresco de la leche de vaca y en la mochila llevábamos de merienda un trozo de queso con un bollo de coco y anís. En el tiempo era inexorable, que además del reloj biológico antes que rebuznara el pollino del patriarca Leinoto, él observaba el gnomon que puso tres siglos antes el pirata Henry Hudson de Mañoza[2] cuando andaba loco buscando el tesoro del Cacique Caimanparao en el Pozo de la Noria.
Don Pedro fue tan celoso en su profesión que hizo colocar una clepsidra que marcaba la hora gota a gota y en su habitación, que además era el sitio de celestinaje de quienes acudíamos a escuchar sus historias y a jugar a las damas, tenía un reloj de arena y un reloj de tres péndulos que en otros tiempos trajo don Pedro Martínez de Pinillos, el mecenas y fundador de la histórica institución, que se lo había cambiado por filigranas de oro y cobre a un filibustero beodo que andaba sin rumbo y sin brújula por el mar de las Antillas.
Don Pedro tenía una manera diferente de menear el badajo y por ende de tañer la campana, aunque eso no le impedía escaparse a veces a la biblioteca para investigar temas interesantes que luego, cuando jugábamos a las damas compartía con nosotros. Para esos tiempos, como en la gran mayoría de escuelas y colegios, las únicas armas del docente eran la tiza y el tablero.
No obstante el orden que infundía la campana, el Colegio Pinillos, no era ajeno a los problemas que se cernían sobre la educación en Colombia y a la influencia que ejercía sobre la juventud latinoamericana los grandes movimientos renovadores que en Europa, desde el famoso mayo francés lideraba Daniel Cohn-Bendit[3]. El surgimiento de nuevos grupos musicales y en especial de aquellos que llevaban voces de protesta frente a la guerra desencadenada por el capitalismo, el avance vertiginoso de la ciencia y naturalmente de la tecnología, en cierto sentido eran los temas de las charlas cuando jugábamos en aquella habitación llena de penumbras, ráfagas detenidas del tiempo y de ambiente ameno y agradable, en la que había pilas de libros regados por todas partes que leía con ansia y avidez y luego nos comentaba. Un mediodía en que subimos a la segunda planta, escuché en una de aquellas aulas el andar pausado de alguien como si arrastrara en sus pies pesadas cadenas. “Son los espíritus de los condenados por la Inquisición que salen de sus ergástulas”, nos dijo.
Aunque algunas personas no lo consideran así, para la gran mayoría de habitantes de Mompox, la mejor época del colegio la vivió en tiempos de don Jaime Castellar Ferrer, después de la administración de Ribón Padilla, a mediados de la segunda década del siglo XX. El colegio volvió por sus fueros, la fama que había perdido y que lo habían postrado como uno más del montón, nuevamente se fue reagrupando. La disciplina que era comparable con la Vietnam del momento, se fue reorientando por la senda de la organización y del estudio. El Colegio comenzó a ocupar los primeros lugares con sus estudiantes en los concursos de Coltejer y en las nacientes pruebas de Estado.
Hace pocos años estuve en Mompox. Seguía siendo la misma ciudad de gente amable y de mujeres bellas, abandonada a la buena de Dios, con sus nuevos virreinatos como dice don Cesar Tinoco, su clase política roñosa, eligiendo alcaldes mediohuevos, con sus fondas palafíticas y sus Portales, en cuyos zaguanes en los atardeceres se sentaba la Marquesa de Torrehoyos a sentir la fragancia y la brisa del río, atiborrados ahora por vendedores ambulantes, celosos de su historia y de sus tradiciones. En esa ciudad de tantos y tantos pergaminos vivió don Pedro Herrera, el eterno campanero del Pinillos, cuya vida transcurrió entre el badajo, la dama y las campanas. Hoy lo recuerdo porque la última vez que estuve en Mompox me topé de frente con él en la puerta del colegio, y fue tanta la sorpresa que me llevé que solo atiné a decirle: y ¿cuándo volvió? Solo me dijo con la voz que siempre le escuché cuando movía las fichas de la dama: “He vuelto para tocar la campana”.
San Sebastián de Calamarí.

[1] Nota publicada en la Columna Opinión de EL TIEMPO Caribe, el día sábado 2 de septiembre de 1995.

[2] Henry Hudson de Mañozca, personaje creado por el autor, cuyas aventuras de pirata las ubica en la blasonada ciudad de Mompox.
[3] Daniel Cohn-Bendit (1945- ), activista y político francés. Nació en Montauban en el seno de una familia judía de origen alemán. Su infancia transcurrió en París pero en 1958 viajó a Alemania con su madre. Cursó estudios de Sociología en Nanterre (Universidad de París X), donde se convirtió en uno de los principales líderes estudiantiles durante el denominado Mayo francés, que desencadenó a su vez todo un conjunto de movimientos sociales internacionales agrupados por la historiografía bajo la denominación de protestas de 1968. En el transcurso de estos sucesos, Cohn-Bendit asumió que la universidad debía erigirse en el centro y en el motor de la revolución contra el capitalismo.