Por Joce G. Daniels G.
Fue a principios de 1984 cuando la profesora de Castellano, que había estudiado Lenguas Modernas y Literatura Universal en una prestigiosa universidad de Bogotá, le dij

o a sus estudiantes de cuarto año de bachillerato de la Escuela Normal Superior de Señoritas de Cartagena, que consultaran la biografía del poeta Candelario Obeso, e hicieran una cartelera con su imagen y sus poemas, pues para esos días había escuchado por la radio y había leído en varios periódicos, que el mencionado vate desde hacía más de cien años andaba de bohemio por las islas del caribe y también hacía recorridos periódicos hasta Santa Fe de Bogotá, unas veces en champanes remados por bogas y otras veces en buques de ruedas que surcaban las turbias aguas del Río Grande de la Magdalena y como eximio poeta que se respete iba dejando en cada verso un hotel y en cada amor un puerto.
Esa mañana del lunes 23 de abril, cuando todas las niñas estaban sentadas con las piernas cruzadas y la falda siete dedos por debajo de las rodillas para que no entrara ni saliera el viento y en el silencio propio de esos menesteres, la profesora comenzó a llamar a cada una para que le mostraran las carteleras y leyeran el trabajo de la investigación que les había asignado.
Cada una presentó su cartelera y luego leyó la biografía que eran aplaudidas con alegría y entusiasmo por las cuarenta niñas que estoicamente soportaban los rigores del sopor del mediodía.
La mayoría de esos trabajos que se habían copiado de la investigación de Iluminada de los Espíritus, una joven trigueña y tímida que aún tenía prendado en sus trenzas campesinas el olor de la balsamina y la taruya. En la cartelera aparecía la imagen de un hombre blanco, de barba y bigotes, pelo liso y rubio y debajo un poema en inglés. Vestía como los militares gringos. En la parte de abajo, en letras grandes, bien grandes decía que era norteamericano, de padres inmigrantes de Nueva Escocia. Todos esos trabajos fueron calificados con una nota de cinco
Cuando Xiomara Madeleing una joven morena y alegre, de pelo lacio y frondoso, negro y brillante, le mostró la cartelera y leyó la biografía en que decía “el poeta Candelario Obeso, autor de varios libros, entre ellos “La Familia Pigmalión”, “Lecturas para ti”, Secundino el zapatero” y “Cantos Populares de mi tierra”, que su vidas estaba llena de anécdotas, privaciones, calamidades, vicisitudes y miseria, que era un mulato hijo de blanco con negra víctima de la discriminación racial”, y siguió contando los pormenores de su vida andariega y bohemia, con una precisión inusitada, que a la encopetada maestra, todo le pareció mentira, se llenó de rabia, cambió varias veces de color, se levantó de su silla y le grito: “Lo que usted está leyendo es pura mentira”. No solo exhibió a la pobre estudiante y le rompió el trabajo en la cara, sino que le puso el gorro de sanbenito y la sentó media hora en el patio a pleno sol, para que “aprenda a no mentir” y a Iluminada, la bella Iluminada de los Espíritus, que vestía siempre con las faldas ocho dedos bajo las rodillas, y a sus otras compañeras, que habían traído una biografía apócrifa, no solo las puso ante la comunidad estuidantil como ejemplo por su esfuerzo, sino que a muchas de ellas le dio de regalo unos sostenes, varios corsés, pantaletas y pollerines usados de seda de olán, que la maestra no usaba.
Durante casi tres horas estuvieron a la intemperie las carteleras que la niña Xiomara Madeleing, había realizado con el cuidado que una futura maestra le dedica a sus trabajos.
Contaba que Candelario Obeso, considerado el primer poeta negro de América, había nacido en Mompox, una ciudad del Sur del Departamento de Bolívar el 12 de enero de 1849 y había muerto en Santa Fe de Bogotá el 3 de julio de 1884.
Su padre era Eugenio María Obeso, un hombre blanco, abogado y maestro del Colegio Universidad de San Pedro Apóstol; su madre se llamaba María de la Cruz Hernández, una negra manumitida que ejercía el oficio de lavandera, y vivía al otro lado de la muralla en una “vivienda sin pozo” en la Albarrada del Moral.
Quiero aclarar que sobre la infancia y la vida de Obeso se ha tratado de tejer una leyenda, un mito, o una aureola de santo. La mayoría de sus anécdotas son reales. Si hasta hace poco en Mompox, la ciudad Valerosa, vivían espléndidamente Virreyes, condes, marqueses y aristócratas y desdeñaban a la gente de color, mucho más sucedía en tiempos de Obeso, cuando aún José Hilario López, ni el Presidente Juan José Nieto habían firmado la Ley y el Decreto de Libertad de los Esclavos.
El padre de Obeso, que tuvo a Inés y Juana, Fernanda y Martina, cada par de hijas con distintas madres, era un hombre de reconocidos méritos, que no solo era abogado y profesor, sino que también tenía dotes de orador como se desprende de las reseñas de quienes intervinieron en 1840 cuando la Provincia de Mompox, se declara independiente de la Nueva Granada, proclama que acatarán otras Provincias, generándose una de las muchas guerras civiles del siglo XIX, pero cuyos frutos se verían en 1857 con el nacimiento de la Confederación Granadina. Posteriormente el doctor Obeso, pronuncia uno de los más emotivos panegíricos en el sepelio del General Hermógenes Maza, ocurrido el 15 de julio de 1847.
Sin embargo, Obeso, su hijo tuvo una infancia aciaga, triste y llena de privaciones, pues a pesar de que había sido reconocido como uno de los cinco hijos ante el sacerdote Bernabé Obeso, hermano de su padre, en la pila bautismal, en Mompox, su futuro era incierto, como el de los bogas que llevaban en su almadías, canoas y champanes, talegas de ilusiones a los habitantes del río. Él mismo lo expresa en Sotto Voce…
Lo recuerdo muy bien. Mi noble padre
Y mi amorosa madre
Solo su santa bendición me dieron
Obeso, según lo asevera Vicente Caraballo y también Orlando Ramírez Román, ingresa al Colegio Universidad de San Pedro Apóstol que fue creado por una Real Cédula del rey Carlos IV en 1804 e inició sus labores el 29 de agosto de 1809, y en sus Constituciones prohibía toda clase de discriminación, étnica, económica o religiosa. Allí aprende a leer, escribir, contar y recitar la doctrina cristiana, que eran las enseñanzas de la primaria. Posteriormente y debido a la libertad de cátedra que tenían los estudiantes para escoger sus materias anuales, Obeso estudiará castellano, aritmética, geografía, latín, metafísica, física, geometría, trigonometría, francés, religión y moral. Para esos días estaban en plena vigencia las reformas realizadas por el general Tomás Cipriano de Mosquera, que en 1948, había suprimido las Universidades, excepto la del Rosario, y había establecido la Libertad de enseñanza y habilitación del cursos.
Cuando apenas tenía diecisiete años, en 1866, se fue a Bogotá, ciudad a la que iría y regresaría varias veces, según el mismo lo cuenta en una de sus poesías:
El turbio Magdalena y majestuoso
al impulso impetuoso
del rápido vapor subí afligido
viva la imagen del hogar ausente,
Ay! Cuán indiferente
Lo he bajado y después lo he subido.
A finales de ese año, obtiene una beca para estudiar en el Colegio Militar que años antes había fundado el general Tomás Cipriano de Mosquera y que debido a la conspiración del 23 de mayo de 1867, sería clausurado. Ingresa al programa de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional. Dos años después regresa a Mompox.
Muchos de los amigos que estuvieron cerca de Obeso, como Julio Añex, Juan de Dios Uribe y Antonio José Restrepo, lo describen como una persona de ingenua vanidad, que se creía amada de todos quienes le rodeaban. Cada período de su vida estaba signado por un romance singular, aborrecía los secretos y de sus aventuras no dejaba una parte inédita
[1], tenía por indignos los pensamientos solitarios y generalmente creía que los otros estaban pendientes de su vida. A veces preguntaba ¿Qué dice el público de mi?
Obeso, era un nómada, era una persona incansable, era un caminante. Hoy estaba en Bogotá, luego en la Mojana, mañana en Santa Marta, en la tarde en Magangué y se iba a dormir a Mompox, y después al Carmen de Bolívar, de allí a Tenerife y nuevamente en Bogotá, nada lo detenía. A veces unos amores furtivos en que el creía que la dama le correspondía como sucedió en Santa Marta a principios de 1870, en que estuvo detenido 30 días por que una señorita de Apellido Abello, no le correspondió. Fruto de aquel idilio solitario, escribió la obra la Familia Pigmalión. Obeso atribuía su mala suerte a que era pobre, poeta y negro. Según Juan de Dios Uribe, a veces se miraba la piel y exclamaba: “He aquí mi desgracia”.
Obeso era un pensador liberal, pero también era un apasionado por sus principios. Se hizo amigo de Manuel Murillo Toro, que a la postre sería su gran benefactor, cuando, el expresidente fue atacado y vilipendiado por Lino Ruiz, en un panfleto que se titulaba La Camarilla, y el poeta asumió la defensa del preclaro liberal publicando el periódico que tituló “Lecturas para ti” y en donde también publicaba una serie de versos blancos, porque quería interesar a una dama que según sus propios amigos no la conocía y tampoco habían cruzado jamás una sola palabra.
Fue esa pasión enfermiza, que perturbaba la alicaida salud del poeta, lo que llevó a Antonio José Restrepo, uno de sus amigos más íntimos a enviarle una exhortación en verso, para que se olvidara de la mencionada dama:
No mas cantos, no mas, si la hermosura Por otro, no por ti, de amor suspira;
Si no hay para tu negra desventura Una sola mirada de ternura
Que haga vibrar las cuerdas de tu lira;
Si tu alma de poeta su ambrosia
Esparce en las arenas del desierto,
Si tu eterna y tenaz melancolía
No ha de trocarse nunca en alegría;
Si náufrago tu amor no hallará puerto;
Si las flores que arrancas a tu mente
Para guirnalda de su sien de diosa
Son holladas con planta indiferente
El rocío de su alma candorosa;
Echa sobre su cuerpo una mortaja,
Toma las vestiduras de un querube
Que del revuelo mundo en la baraja
Ella es la carne que al sepulcro baja,
Tú eres el genio que a los cielos sube.
Quizás los versos de su amigo le hicieron sentar cabeza y el poeta dejó de publicar Lecturas para ti. Volvió al seno de Zenaida, una joven campesina honesta con la que viviría un apasionado pero también una triste vida, pues al lado de ella Obeso soportó los rigores de la miseria y de la pobreza: todos sus retoños a medida que nacían, por esas sentencias inexorables del dios Destino también morían. No obstante, tiempo después, quizás varios meses o años, sus amigos se sorprenden cuando Obeso vuelve a sus andanzas y nuevamente enamorado le contesta a su amigo, con una pieza, retadora y desafiante:
Dices que no me quiere, que la olvide.
Y bien,¿ Sabes lo que me pides?
¿Sabes tú lo que es amor?
Le digo a Dios que no;
Y si en castigo mi blasfemia impía
Me la quita veloz,
Entonces me suicido, voy al cielo
Y se la quito a Dios!,
En 1881, el gobierno del presidente Rafael Wenceslao Núñez Moledo, lo nombró dos veces Cónsul de Colombia en Tours. Se fue a Europa en un buque de vapor como pasajero de tercera clase y cuando arribó a Havre no tenía un solo real. Entre algunos amigos colombianos que viajaban con él logró hacer una vaca. Uno le consiguió el pasaje en ferrocarril a París, otro le dio un sombrero, pues el de él lo había perdido en la travesía y otro lo presentó como un rico comerciantes de diamantes del Brasil que iba en busca de aventuras, por lo que le llovieron invitaciones de damiselas, cortesanas y jóvenes casamenteras que ya se veían viajando hacía el ignoto reino del Amazonas.
De aquella experiencia en Europa en que siempre estuvo sin un solo céntimo, pues el Gobierno vivía una de sus crisis por los problemas políticos y las guerras civiles que lo azotaban, escribió el poema de 152 páginas La Lucha de la Vida. En él, el poeta se esconde bajo el personaje de nombre Gabriel, el que se queja amargamente de su suerte y aspira a morir con cierta voluptuosidad.
Obeso como algunos buenos poetas que mueren antes de los cuarenta, murió a los treinta y cinco años. En esa vida llena de sinsabores, de privaciones y de angustias, legó a las progenies venideras otras obras como la comedia Secundino el Zapatero, en la que evoca recuerdos de su tierra natal y dedicada especialmente al Dr. Rafael Núñez. Pero su obra cumbre fue Cantos Populares de mi tierra, publicada en Bogotá el 15 de mayo de 1877, compuesto de 16 poemas, escritos en el lenguaje rudo y deficiente del boga del Magdalena, e impregnados de esa dulce melancolía que respiran todos los cantos de nuestro malogrado amigo. Las más notables de esas producciones son “La canción del boga ausente”, “Los Palomos”, “Adiós mi morena”, “Canto del montará” y la “Oberiencia filiá”.
Obeso dejó un rico legado a la posteridad, pero también una estela de dolor una mácula de la pobreza y miseria, que ensañaron contra él. Su vida que se opacó definitivamente el 3 de julio de 1884, después de soportar una lenta y dolorosa agonía, a causa de la herida que le produjo un tiro que accidentalmente se salió del arma que él con mucho cuidado ante otros amigos limpiaba.
El poeta de los bogas ausentes, el mismo que inmortalizó el habla popular de los hombres anfibios, cuando cantó en su Canción del Boga ausente
Qué trite que etá la noche,La noche qué trite etá;No hay en er cielo una etrellaRemá, remá.La negra re mi arma mía,Mientra yo brego en la má,Bañao en suró por ella,¿Qué hará? ¿Qué hará?Tar vé por su zambo amaoDoriente sujpirará,O tar vé ni me recuerda...¡Llorá! ¡Llorá!La jembras son como toroLo r'eta tierra ejgraciá;Con acte se saca er pejeDer má, der má.Con acte se abranda er jierro,Se roma la mapaná...Cojtante y ficme? laj pena!No hay má, no hay má!...Qué ejcura que etá la noche,La noche quéejcura etá;Asina ejcura é la ausenciaBogá, bogá!
En fin podría seguir contando muchas cosas más de nuestro amigo, de lo que dijo Xiomara Madeleing, ya que en las horas de la tarde de aquel día en que el jurado que debía escoger el mejor trabajo que se hubiera hecho acerca de un escritor, colombiano o extranjero, quedó sorprendido cuando leyó las dos versiones de la biografía de Candelario Obesos y mucho más cuando encontró exaltado el trabajo de Iluminada de los Espíritus y el de sus compañeras, mientras que el de Xiomara Madeleing, no solo había sido desdeñado, sino que también se había exhibido en la cartelera del colegio para que vieran lo “burra que era”.
La profesora que tenía una lista de pergaminos y toda una aureola de buena fama, con una tesis laureada, cuando todo se aclaró, solo se atrevió a decir que ella pensaba que ese escritor de quien la gente tanto hablaba, a quien los periodistas y locutores le leían sus poemas cada día, era extranjero, pero especialmente norteamericano. Jamás supuse-, dijo cuando la despidieron de la institución-, que de esa, ciudad, habitada por orfebres y contrabandistas, virreyes arruinados y marqueses de embuste embuste, pudiese salir un escritor tan bueno, pues muchos de sus poemas los declamo porque me los se de memoria.
En todo caso, las anécdotas que antiguamente fueron el fundamento de la Historia, que era el vaso sagrado en donde bebían las historiografías, que era el cáliz de la información, aún en nuestros días siguen teniendo vigencia. Pues hace pocos días me encontré con la protagonista de aquella anécdota y me dijo que ella al no encontrar en ningún libro de castellano ni de literatura colombiana la biografía de Candelario Obeso, el poeta más importante y más famoso de Colombia en el siglo XIX, no solo se sorprendió, sino que inventó de rabia la biografía. Con unas amigas fui cogiendo un poquito de algunos escritores foráneos y famosos hasta que hicimos la biografía. No era una trampa, sino un llamado para que aparecieran nuestros escritores en los libros de Literatura. “Y a pesar de todo, me dijo, aún en los libros, los escritores de esta parte del país no aparecen”.
jogdaniels@hotmail.com[1] Semblanza de Obeso. Juan de Dios Uribe, Antonio José Restrepo.